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ACARH es una asociación de ámbito regional sin ánimo de lucro, inscrita con el numero 22340 de la Sección Primera del Registro Único de Asociaciones de la Junta de Comunidades de Castilla- La Mancha. La asociación se constituye por tiempo indefínido para el estudio, la investigación, el conocimiento, la divulgación y la recreación de hechos históricos. .

¿QUE ES LA RECONSTRUCCIÓN HISTORICA?

La reconstrucción histórica, como la frase implica, es traer a la vida el pasado, reviviendo algunos de sus aspectos para educar y al mismo tiempo entretener al público, para hacer más cercana la historia y despertar su interés en ella..

MUSEO MILITAR HISTORICO VIRTUAL DE ACARH

ACARH .Quiere resalsatar no solamente la importancia de los museos por su aportación a la configuración de la sociedad del mañana sino también que luchamos contra la ignorancia para mantener la cultura y contra la vulgaridad para mantener la cortesía y los buenos modales en el trabajo, en la calle y en la familia..

REFUGIOS ANTIAÉREOS DE ALBACETE

Refugio del Altozano, Albacete. Más de una docena de refugios antiaéreos públicos, y otros particulares, podían albergar a unas 17.500 personas (un tercio de la población albaceteña de entonces) .

Exhiben por primera vez la carta de Hitler

Exhiben por primera vez la carta de Hitler que cambió la historia El documento, de 1919, es la planificación del genocidio; el líder nazi describe allí el modo para aniquilar a los judíos; estuvo perdida 70 años.

lunes, 26 de junio de 2017

Dunkerque. La Película.

La última película de Cristopher Nolan se adentra en el género bélico, aunque como siempre ocurre en el cine del británico, lo hace de una forma peculiar tanto desde la forma como desde el contenido. La cinta, tal y como ha avanzado el propio cineasta, tendrá una estructura compleja, con tres puntos de vista en la narración: tierra, mar y aire. Además, el director retrata la Segunda Guerra Mundial a través de uno de sus episodios más fascinantes y extraños: la evacuación de Dunkerque, una historia real que sobrepasa los límites de la ficción.




Imagen de «Dunkerque», de Cristopher Nolan
Imagen de «Dunkerque», de Cristopher Nolan
En 1940, en plena Segunda Guerra Mundial, una playa francesa se convirtió en una ratonera para más de 300.000 soldados aliados (británicos, franceses y belgas). En el mes de mayo de ese año, las tropas alemanas campaban a sus anchas por el territorio belga avanzando imparables hacia el oeste. El ejército aliado no lograba frenar el impulso alemán, que llegó hasta Francia. En esta tesitura, las tropas aliadas quedaron atrapadas en las playas de Dunkerque, ciudad a la que las fuerzas de Hitler llegaron el día 23 de mayo. En vista del desastre que se avecinaba, el gobierno británico comenzó a idear planes de evacuación.
Sin embargo, en esta situación límite, ocurrió lo imposible, un deus ex machina real: con todo a su favor, el ejército alemán, comandeado por von Rundstedt, decidió detener el avance de sus soldados. El mismo Hitler aprobó la decisión, considerada uno de los grandes errores de la contienda. Los historiadores barajan varias hipótesis para explicar esta estrategia de retrasar el ataque (escasez de suministros y munición, necesidad de esperar a la infantería o incluso el deseo de Hitler de no humillar a los británicos para un futuro acuerdo de paz con ellos), pero lo cierto es que fue una gran ventaja para los aliados.
Las tropas aliadas estaban encerradas, pero este parón les dio una oportunidad de oro que no desperdiciaron. Así, el 26 de mayo comenzó la evacuación de sus efectivos en una maniobra que bautizada como Operación Dinamo. Desde ese día hasta el 2 de junio, más de 300.000 hombres consiguieron escapar de la ciudad ante el constante fuego de las baterías y los aviones alemanes. Lo hicieron por mar con el apoyo de la marina británica. La maniobra fue un éxito rotundo: las previsiones de los altos mandos eran de rescatar tan solo a 50.000 personas. Desde aquel día, lo sucedido también se conoció como el Milagro de Dunkerque.





sábado, 10 de junio de 2017

Los españoles que liberaron París, silenciados y olvidados en Francia




'España cañí', 'Guernica' o 'Ebro' fueron los primeros blindados que entraron en la capital francesa. La propaganda los hizo desaparecer. Hoy se reivindican.


Hollande se inclina ante la bandera republicana en el aniversario de 2012.


El próximo 24 de agosto, una extraña caravana recorrerá París. Un grupo de franceses y españoles portarán en las calles de la capital francesa las fotos de algunos de los soldados que ese día, hace 70 años, fueron los primeros en entrar en la ciudad para liberarla de sus ocupantes. Franceses y turistas descubrirán que esas fotos en blanco y negro con los rostros de los liberadores son el testimonio, silenciado durante décadas, de que esos soldados que se jugaron la vida por liberar París eran en su inmensa mayoría españoles. 

El 24 de agosto de 1944, un grupo de vehículos blindados semiorugas (half-tracks) y tres tanques Sherman entran en la capital francesa por sorpresa. Los parisinos creen en un principio que son parte de las tropas alemanas instaladas en la ciudad; después se dan cuenta de que no, que visten uniformes del ejército de Estados Unidos y que son la avanzadilla de las tropas que devolverán la libertad a París y, por consiguiente, a toda Francia. 





Pero la confusión aumenta cuando cada vehículo en los que se desplazan esos oficiales y soldados tiene inscrito en el morro un nombre en español. Los half-tracks bautizados 'España cañí', 'Guernica', 'Madrid', 'Brunete', 'Guadalajara' o 'Ebro', entre otros, son conducidos por militares que portan una bandera roja, amarilla y violeta cosida a sus uniformes. Son los miembros de La Nueve, la compañía de choque de la II División Blindada (DB) del general Leclerc. Se la conocía así, La Nueve, en español, porque 146 de sus 160 componentes eran republicanos españoles, alistados en las tropas de la Francia libre. 


La Nueve estaba comandada por el capitán francés Raymond Dronne, que tenía como mano derecha al teniente Amado Granell, el valenciano que fue el primer militar francés en entrar ese día en el Ayuntamiento de París, ya en manos de la resistencia parisina en la que, por cierto, habían participado otros miles de españoles exiliados. En la noche del 24 de agosto del 44, canciones como "Ay, Carmela" y otras pertenecientes al cancionero republicano español sonaron hasta la madrugada en los lugares 'asegurados'. Pero la liberación de París no había terminado. 


Los españoles de La Nueve hicieron frente dentro de la capital a los contraataques y emboscadas de los alemanes que todavía ocupaban la ciudad. El 25 de agosto, el gobernador alemán, atrincherado en el Hotel Meurice con sus tropas de élite, se rindió por fin. Un extremeño, Antonio Gutiérrez, se encargó de mantener encañonado a la máxima autoridad nazi  en la capital francesa mientras esperaba que un militar del rango del alemán se hiciera cargo de él. Von Choltitz le regaló a Gutiérrez su reloj, en agradecimiento por haber respetado las convenciones militares internacionales. 

París estaba ya casi limpia de alemanes y colaboradores franceses para que el general Charles De Gaulle pudiera hacer su entrada en la ciudad y simbolizar con su imagen la liberación de la capital, de la Francia que se ponía de nuevo en pie, como escribió Leclerc. El 26 de agosto, el militar que se había exiliado a Londres y que había desafiado a su excompañero Petain, recorría a pie las calles de París, desde el Arco de Triunfo y la Tumba al Soldado Desconocido, hasta la catedral de Notre Dame. Cuatro de los half-tracks de La Nueve fueron los elegidos para abrir el desfile de De Gaulle. Amado Granell encabezaba el cortejo, que recibía los vítores de una ciudadanía en júbilo. Quedaba claro el homenaje militar de De Gaulle a La Nueve y a los españoles que la componían. Pero a partir de ahí, la historia de estos republicanos que habían participado en la guerra civil con apenas 20 años y que se convirtieron en héroes bajo mando francés se silenció y se enterró voluntariamente con una capa de propaganda más fuerte que el cemento, precisamente en el país al que ayudaron a liberar. 



Ya el día 25, el diario Libération abre en primera con una gran foto del interior del Ayuntamiento, en la que se ve a Amado Granell con el líder de la resistencia parisina. El nombre de Granell no es mencionado, nada se dice sobre los españoles ; el periódico habla de "soldados americanos". La torpeza de los periodistas no es sorprendente, ni antes ni ahora, y Libération pudo haberse equivocado con los uniformes como los propios parisinos en la calle, pero lo que vino después estuvo bien pergeñado. 


Hay palabras que quedan grabadas para la historia y pasan a formar parte de la memoria política de los pueblos. De Gaulle sabía lo que tenía que decir cuando lanzó su famosa proclama: "París, ultrajada, París, rota, París, martirizada, pero París liberada. Liberada por ella misma, liberada por su pueblo con el concurso de los ejércitos de Francia, con el apoyo y la contribución de Francia entera. Es decir, de la única Francia, de la verdadera Francia, de la Francia eterna". 


La reescritura de la Historia 

Ni una palabra sobre los auténticos liberadores españoles. Poco importantes para el futuro, según De Gaulle, que debía enterrar la imagen de la Francia colaboracionista, ensalzar a una Resistencia francesa en la que participaron pocos franceses y hacer frente a los norteamericanos, por una parte, y a los comunistas locales, por otra. Gaullistas y comunistas decidieron, pues, que toda Francia había sido resistente y que sus soldados liberaron París.


Desde entonces, los historiadores franceses, los militares o los periodistas han ignorado el papel jugado por los republicanos españoles en la liberación de Francia. Un silencio de 70 años que pocas obras escritas han intentado romper. Entre ellas, el libro de Evelyn Mesquida La Nueve, ces republicains espagnols qui ont liberé Paris, publicado en español por Ediciones B con el título La Nueve, los españoles que liberaron París. La obra de Mesquida, que fue durante mas de 30 años corresponsal de Tiempo en la capital francesa, recoge la historia de La Nueve y, en especial, las entrevistas que la periodista hizo a algunos de los supervivientes de compañía. El testimonio de esos veteranos es una de las páginas mas emocionantes y tristes de la historia de Francia. Es, también, parte de la memoria de la trágica guerra civil española. 


"Un deshonor para Francia"

"Si este año, por el 70 aniversario, Francia no los reconoce, será una vergüenza y un deshonor". Así se expresa Evelyn Mesquida, que ha contactado con el Elíseo y el Ministerio de Defensa francés para instarlos a participar en el homenaje del 24 de agosto. Según el entorno de François Hollande, el presidente es muy sensible a la gesta de la Nueve, y así se lo han asegurado a Mesquida, que espera que el jefe del Estado dedique unas palabras a los españoles en un discurso que debe pronunciar el 25 de agosto.  Hay que recordar que Hollande ya se inclinó ante la bandera republicana hace dos años, en el consistorio parisino, con motivo del 68 aniversario de la gesta. 
También desde el Ministerio de Defensa francés se promete un reconocimiento. Evelyn Mesquida no se fía. Hace años que recorre los archivos de Francia donde el papel de los españoles en la liberación de el país está escrito. Hace años que se topa con el silencio y la animosidad de los altos mandos militares

La historia francesa de los españoles que partiparon en La Nueve no empieza en París. Comienza tras la derrota republicana y el comienzo del exilio. Cientos de miles de españoles, muchos de ellos combatientes republicanos, pasan la frontera de los Pirineos. Otros huyen en barco hacia las colonias francesas del otro lado del Meditarráneo. En una y otra parte, son encerrados en campos de concentración (por primera vez se les lamó así), donde son apaleados, pasan hambre, frío y sufren enfermedades. A los hombres se les ofrecen dos soluciones: ser devueltos a España o alistarse en la Legión francesa. Así, algunos miembros de La Nueve participaron en combates contra los alemanes antes de la debacle del ejército francés.

Una vez que Petain se alía con Hitler, los españoles intentan por todos los medios pasarse al ejército de de Gaulle, el ejército de la 'Francia libre'. Muchos participaron en las batallas que han edificado la historia militar francesa en África: Cufra, El Alamein, Bir Hakeim… Los 146 que formaban parte de La Nueve fueron entrenados en Gran Bretaña antes de desembarcar en Normandía el 1 de agosto de1944.  Formaban parte de las tropas francesas comandadas por el general Patton. De ahí los uniformes del ejército norteamericano. Pero su lucha no acabó en París. Los miembros de La Nueve que quedaban con vida tras duros combates en Alsacia y Lorena fueron los primeros también en llegar al último refugio de Hitler, el Nido del Águila, en Berchtesgaden. 

Una mayoría de anarquistas 

Que Francia 'nacionalizara' su Historia es injusto, pero políticamente comprensible. Como lo es también que la falta de apoyo a estos soldados exiliados se debe muy en parte a que eran en su mayoría anarquistas. Una mayoría de anarquistas comecuras, ateos y anticlericales que no dudaron en contribuir a la compra de una nueva estatua del Sagrado Corazón para la iglesia de la localidad de Ecouché, en Normandía. La vieja escultura fue destruida en los feroces batallas que libró La Nueve contra las tropas alemanas. 

Esos anarquistas, reacios a aceptar órdenes de militares franceses inexpertos o ineptos, respetaron y se ganaron el reconocimiento de Philippe François Marie de Hauteclocque, más conocido como el general Leclerc, un aristócrata católico y profundamente religioso al que los españoles llamaban 'el patrón'. 
Ese grupo de anarquistas enseñó un poco de dignidad también a los exaltados franceses que intentaban robar las botas a los soldados alemanes vencidos, o a los que maltrataban a las mujeres francesas que supuestamente habían confraternizado con el invasor. Para los soldados de La Nueve, esos que perseguían a las mujeres deberían haber luchado contra los alemanes y no quedarse esperando a que los liberaran. 

"España es mi madre; Francia, mi novia" 
El único reconocimiento oficial para algunos miembros de La Nueve fueron las medallas y otros honores militares por su labor en el campo de batalla. Amado Granell, el teniente y segundo en el mando de la compañía, recibió del general Leclerc la Legión de Honor con estas palabras: "Si es cierto que Napoleón creó esta distinción para recompensar a los valientes, nadie la merece más que usted". De Gaulle ofreció a Granell un puesto de comandante en el ejército francés si abandonaba su nacionalidad. Granell le respondió negativamente, arguyendo que "amaba a España como una madre y a Francia como una novia". Socialista próximo a Largo Caballero, hizo de intermediario entre su partido y Juan de Borbón para facilitar la instauración en España de un sistema monárquico democrático. Granell, entrevistado por primera vez en España en 1970 por Vicente Talón para el diario Pueblo, murió en España en un accidente de tráfico en 1972. 


Amado Granell.

Granell fue el oficial español de mayor grado en La Nueve, pero eso no puede hacer olvidar los nombres de los españoles de la compañía que dejaron su vida desde el desembarco en Normandía el primero de agosto del 44 hasta la capitulación alemana. El libro de Evelyn Mesquida es un homenaje a todos ellos. De los 146 que salieron de Gran Bretaña para "liberar a Europa del fascismo", quedan hoy dos con vida: el barcelonés Luis Royo, que reside en Cachan, cerca de París, y el almeriense Rafael Gómez, que vive en un pueblo cerca de Estrasburgo. Royo, Gómez, el asturiano Manuel Fernández, los gallegos Víctor Lantes y Cariño López, el valenciano Germán Arrúe, el santanderino Faustino Solana, los barceloneses hermanos Pujol, el madrileño Antonio Van Baunberghen, formado en el Instituto Libre de Enseñanza o el aragonés Martín Bernal, torero conocido como 'Larita II' antes de la guerra de España, pensaron, hasta el último momento, como el resto de la compañía, que tras la victoria en Francia y Alemania los aliados los ayudarían a combatir en España. 
Desde que cruzaron la frontera en el 39 no tenían otro objetivo. Los dos supervivientes lo atestiguan. Rafael Gómez, que conducía el half-track 'Don Quijote' recuerda que la noche de la liberación de París todos durmieron pensando que "la liberación de España estaba próxima". Luis Royo, que guiaba el 'Madrid', reconoce que él nunca pensó que luchaba por Francia, sino por la libertad. Ambos tuvieron que renunciar a su sueño e integrarse en la sociedad francesa de posguerra. Ni sus compañeros de trabajo ni sus vecinos supieron nunca que esos dos extranjeros habían arriesgado su vida por Francia. El primer reconocimiento político oficial lo recibieron hace diez años, gracias al apoyo de la hoy alcaldesa de París, Anne Hidalgo. 70 años antes de la llegada al Ayuntamiento de esta gaditana, otros españoles ya habían hecho historia en el mismo lugar. Si Francia vive desde entonces en democracia y en libertad es, en parte, gracias a ellos.




El Confidencial. Luis Rivas.   18/8/2014.







Bibliografía:

Spanish Company Number One.

La Nueve, los olvidados de la victoria.


martes, 6 de junio de 2017

El naufragio olvidado del "Wilhelm Gustloff"

Quizá porque se trataba de un buque que transportaba refugiados alemanes en plena Segunda Guerra Mundial, o quizá porque fue hundido por los torpedos lanzados desde un submarino soviético cuando no representaba ninguna amenaza, el hundimiento del Wilhelm Gustloff es una de las catástrofes navales menos conocidas. Lo que es cierto siempre es que los perdedores no escriben la historia. Y es quizá por ello que la mayor tragedia de la historia de la navegación ha pasado desapercibida para casi todo el mundo. 

Con la llegada del Ejército Rojo a Prusia Oriental, a finales de la Segunda Guerra Mundial, se produjo una oleada de refugiados alemanes hacia el oeste. El motivo no era otro que escapar de las tropas soviéticas, ya que era bien sabido el trato que la población alemana podía recibir de estas. Ante el temor de sufrir las represalias más de un millón de refugiados se dirigieron a Danzig y otros puertos en el Báltico con la esperanza de ser evacuados. La salvación iba a llegar en forma de buques que los llevaran a la todavía segura Alemania. Durante la gélida noche del 30 de enero de 1945, más de 60.000 de aquellos refugiados alemanes se apretujaban en el muelle del puerto báltico de Gotenhafen. En medio de una selva de empujones, golpes y gritos, y luchando contra el pavor y el frío, aquella gente se afanaba desesperadamente por subir al crucero Wilhelm Gustloff, a bordo del cual podrían llegar a Dinamarca.

Esa noche de enero de 1945 el trasatlántico Wilhelm Gustloff zarpó del puerto polaco de Gdynia -Hitler lo había rebautizado como Gothenhafen- lleno hasta los topes, con 8.000 personas a bordo según documentos oficiales (algunas informaciones hablan de más de 10.000 pasajeros. El número exacto real se desconoce dado lo desesperado de la situación).  Sin buques de guerra para escoltarlo y con sólo 12 lanchas salvavidas colgando de los pescantes, navegaba lentamente por el Báltico, por lo que se convirtió en un blanco fácil para los submarinos rusos. A las 23.08 del 31 de Enero, uno de ellos, el S13, le lanzó tres torpedos. El Wilhelm Gustloff volcó y 2.000 refugiados de la cubierta de paseo más baja se ahogaron de inmediato. Cerca de una hora más tarde el trasatlántico se hundía en las heladas aguas del Báltico. 

Los buques de guerra alemanes rescataron a 960 supervivientes, algunos de los cuales morirían de frío poco después. En total perecieron unas 7.000 personas, cinco veces más que en el hundimiento del Titanic. Antes del fin de la guerra -4 meses después- los submarinos soviéticos hundieron 23 buques más. 


Hoy en día el Gustloff reposa, en tres secciones, a 90 metros de profundidad. En 2004 se organizó una expedición para filmar sus restos. 



Nos hundíamos. A través de los gruesos vidrios de las escotillas llegué a escuchar los gritos de los pasajeros y tomé conciencia del drama que se estaba desarrollando bajo la cubierta en la que me encontraba. La gente estaba hacinada y el puente inferior ya estaba medio sumergido. Entonces vi los fogonazos. Eran disparos. Los oficiales estaban matando a sus propias familias”, relató Johann Smrczek, ingeniero jefe del transatlántico Wilhelm Gustloff, el buque que padeció la mayor catástrofe naval de la historia, ocurrida el 30 de enero de 1945 en aguas del Báltico. Smrczek sobrevivió en una balsa y recordó después que la mayoría de las personas que caían al agua morían casi de inmediato, heladas, rígidas. “Tras hundirse, no había movimiento en el mar. No se oía nada”. Sólo imperaba el silencio de gran tragedia. La del Wilhelm Gustloff .


El 12 de abril de este año se conmemoró el centenario del naufragio del Titanic y todos los medios del mundo le dedicaron un emotivo recuerdo. Las peculiares circunstancias de su hundimiento han convertido al Titanic en un mito inolvidable. De hecho, si las catástrofes tuvieran categorías, la del célebre transatlántico de la naviera White Star sería el punto de referencia de los dramas imborrables. Es un hecho. El Titanic ocupa la cúspide de la particular mitomanía que generan las tragedias en el mar y es frecuente suponer que su hundimiento constituye la mayor tragedia marítima de la historia. Pero no es así, ni de lejos.


Si el interés mediático por la pérdida de un barco se basara sólo en el número de muertes, el Titanic dejaría su puesto de honor en la memoria colectiva para dar paso, abrumado, al buque alemán Wilhelm Gustloff, que se alzaría indiscutible a la cima de los desastres en el mar. Así lo acreditan los casi 10.000 muertos en esa calamidad producida por el impacto de tres torpedos soviéticos disparados cuandola II Guerra Mundial tocaba a su fin y el mismo día que Hitler se dirigió a los alemanes por última vez.


En contraste con el bullicio histórico que rodea al Titanic, detrás del Wilhelm Gustloff sobrecoge el silencio de las víctimas alemanas anónimas, sacrificadas por la guerra en las gélidas aguas del mar Báltico. Se trata de las muertes habidas en el curso de una serie de matanzas sucesivas, acaecidas en el contexto bélico de la denominado operación Aníbal, nombre clave del operativo ordenado por el almirante Karl Dönitz para la evacuación de Prusia Oriental y del corredor polaco de los dos millones a dos millones y medio de alemanes que en 1945 huían aterrados del avance de los ejércitos de Stalin.


El Wilhelm Gustloff era un lujoso crucero civil diseñado para viajes de placer, pensado para albergar a 1.880 personas entre tripulantes y pasajeros. En sus travesías en tiempo de paz pasó por España, pero en 1936, al comienzo de la guerra civil española, trajo hasta aquí parte dela Legión Cóndor y material bélico para los nacionales.


Apenas tres años después, en los prolegómenos de la Segunda GuerraMundial, fue reconvertido en buque hospital. Hizo este trabajo en las campañas de Polonia y Noruega para luego dirigirse a la mayor bahía del Báltico, en Szczecin, Polonia, (Stettin en alemán). Allí lo convertirían en residencia de entrenamiento de la gran base germana de instrucción de guerra antisubmarina ubicada en aquel lugar. Le añadieron unas ametralladoras antiaéreas sin que ese detalle lo convirtiera en un barco de guerra. Y así pasó su tiempo, con más pena que gloria, hasta enero de 1945, cuando a los alemanes les llegó la hora de abandonar el frente del este empujados a sangre y fuego por el avance soviético. 

Todos los buques germanos disponibles en el Báltico, mil cien contando botes y pesqueros, fueron destinados a la evacuación. Entre los barcos de mayor desplazamiento se encontraba el Wilhelm Gustloffque fondearon en el puerto de Gotenhafen, hoy Gdynia (Polonia), a unos30 kilómetros al norte de Gdansk, una zona que había sido ocupada porla Wehrmacht en 1939.


Las crónicas hablan de decenas de miles de refugiados agolpados junto al puerto en busca de un barco en el que huir hacia Kiel. El desorden era tan tumultuoso que sólo algunos disparos al aire parecían calmar la situación unos minutos, pero luego vencían de nuevo el miedo y un caos que explica por qué las cifras que se barajan sobre personas embarcadas en cualquiera de aquellos barcos son forzosamente aproximadas. Un testigo afirma que la mañana del 30 de enero, cuando habían embarcado unos 3.000 pasajeros, dejaron de contar. De este modo en el Wilhelm Gustloff se agolparon casi 11.000 personas. No había cubierta, camarote, pasillo o bodega practicable sin ocupar. Y esta vez los pasajeros no eran veraneantes disfrutando del placer de navegar por cálidas aguas. Esta vez embarcaron el miedo, el frío y la muerte.


Heinz Schön, sobrecargo del barco y principal estudioso del suceso, calcula que a bordo iban 173 tripulantes, 918 oficiales, suboficiales y marinos de una división de guerra antisubmarina, 373 mujeres del Cuerpo Femenino Auxiliar dela Kriegsmarine, 162 soldados heridos, 8.956 civiles, de los que se estiman que 4.000 eran niños. En total, 10.582 personas a bordo, de las que fallecerían 9.343, cifra que deja unos 1.200 supervivientes. Pero la verdad, nadie pudo contar con rigor a todos los que embarcaron.


En esas condiciones y con los submarinos soviéticos al acecho, el Wilhelm Gustloff zarpó de Gdynia a las 12.30 horas del mediodía del 30 de enero de 1945 al mando de dos capitanes: Friedrich Petersen, civil, y Wilhelm Zahn, dela Kriegsmarine. El tiempo era malo. Mucho viento, nieve y10ºC bajo cero. El barco se hizo a la mar y oscureció. Había luna nueva y hacía frío, mucho frío.


La derrota que tomaron fue la decidida por el veterano capitán civil Petersen. Aguas profundas y luces de posición apagadas en busca de la protección de otro convoy armado que suponían navegaba más al norte rumbo a Kiel. Creyeron encontrarlo y encendieron las luces de navegación para evitar un abordaje ante la nula visibilidad. Con esa acción y para su desgracia se pusieron a la vista de periscopio del capitán Alexánder Marinesko, al mando del submarino soviético S-13 . Fue la perdición del Gustloff, que en ese instante se encontraba entre la bahía de Danzig y la isla danesa de Bornholm con Stolpmünde (hoy Ustka) por el través. Dieron las nueve de la noche.


El S-13 armó cuatro torpedos, cada uno con su lema escrito sobre el casco: “por la madre patria”, “por Stalin”, “por el pueblo soviético” y “por Leningrado”. Disparó tres que hicieron blanco. El transporte acusó los impactos y escoró rápidamente a estribor recuperando la verticalidad, pero poco después, volvió a escorar hacia babor. El suboficial Karl Hoffman relató que el primer torpedo hizo blanco en la proa debajo de la línea de flotación; el segundo, en la sección media, a la altura de la piscina, y mató a casi todas las mujeres auxiliares de la Kriegsmarine, y el tercero impactó a mitad del buque por delante de la sala de máquinas. En pocos minutos, el castillo de proa se encontraba casi bajo las aguas. El Gustloff se hundió en menos de 50 minutos llevándose consigo entre 9.200 y 10.000 mujeres, niños y hombres.


Sólo 1.239 personas (otras fuentes señalan poco más de 900) pudieron ser rescatadas vivas por los buques alemanes que se encontraban en las cercanías. El mar, relataron los testigos, aparecía como un tenebroso paisaje cubierto de cadáveres con salvavidas.


La mayoría de los supervivientes grabaron en el recuerdo una misma imagen: el momento en que el barco se hundió. El Gustloff hizo una pausa en su viaje al fondo del mar, y todas las luces se encendieron en el instante en que se iba a pique. Nadie ha podido explicar el fenómeno, probablemente causado por un grandioso cortocircuito. Pero por un momento el navío se convirtió en brillante y gigantesco ataúd de cegadoras luces. Al mismo tiempo, como si de un ser vivo se tratara, una de sus sirenas lanzó un tremendo quejido que se fue silenciando a medida que el barco desaparecía bajo las aguas, tan frías como el hielo. Detrás del hundimiento del Wilhelm Gustloff no hay glamur, icebergs ni historias de amor o de heroísmo universalmente reconocibles; ni multimillonarios de sonoro apellido con una copa en la mano, impertérritos mientras su vida se acaba; ni valientes músicos tocando hasta la muerte inspirando relatos, leyendas y películas aunque Günter Grass haya escrito sobre el buque alemán en A paso de cangrejo.

El drama de este barco es el amigo paupérrimo del recuerdo, pues en su haber mediático apenas cuenta con una película estrenada 1955, Nacht fiel über Gotenhafen, y media docena de libros, prácticamente todos alemanes (no traducidos) y una serie de televisión emitida en Alemania en marzo del 2008. El Gustloff reposa hoy a 42 metros de profundidad, clasificado como “tumba de guerra” por las autoridades polacas.


Lo sucedido fue tan espantoso y contradictorio que hoy lo cubre un manto de olvido, sin duda por expreso interés de los implicados. No en vano, el hundimiento del Wilhelm Gustloff, que por cierto llevaba el nombre de un detestable cabecilla nacionalsocialista suizo asesinado en 1936, se debió al ataque, quizás un tanto alevoso, del capitán de un submarino soviético S-13 que disparó sus torpedos contra un transatlántico civil, se puede imaginar con benevolencia que confundido por su gran tamaño desdibujado por la bruma y la noche báltica invernal.


Pero lo que añade más consternación a lo ya pavoroso es que, aunque ciertamente el Wilhelm Gustloff protagoniza la mayor tragedia náutica de todos los tiempos, su drama sólo es una pieza más de la desorbitada calamidad que se desarrolló durante cinco meses en aquellas aguas europeas a partir del 23 de enero de 1945, cuando comenzó la retirada alemana de aquella zona de Europa. Buques de todo porte, repletos de seres humanos, fueron hundidos uno tras otro en un remedo de un cruel tiro de feria apocalíptico. Su saldo total en muertes estremece: 30.000 ahogados como cifra mínima probable, en su mayoría refugiados civiles alemanes y también prisioneros aliados y judíos.


Alemanes y aliados convirtieron la operación de retirada con nombre clave de general cartaginés en una matanza de proporciones colosales. En total se calcula que la escapada se saldó con 300.000 muertes generadas por tierra, aire y mar, en este último caso caracterizado por un sinfín de barcos echados a pique entre los que destacan el Wilhelm Gustloff, el General von Steuben , el Goya, el Thielbeck y el extrañísimo crimen del que fueron víctimas el 3 de mayo de 1945 los 4.500 ocupantes del Cap Arcona.


El nazismo agonizante no quiso desmoralizar aún más al atormentado pueblo alemán divulgando la escabechina que estaba sufriendo en el Báltico. Y a los aliados no les apeteció explicar al mundo libre que andaban hundiendo barcos civiles repletos de refugiados y prisioneros. Por eso, un silencio cómplice envolvió en la niebla de la historia lo sucedido durante la operación Aníbal.













En el hundimiento del buque Wilhelm Gustloff  murió un gran número de civiles que huían del avance soviético.

Ninguno de los dos bandos dió publicidad al hecho: los alemanes para no minar la moral de la población y los rusos para no difundir el asesinato de tantos inocentes.





Bibliografía:

PS.

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